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1 de Diciembre de 1999

Querido amigo

Querido amigo:

Me alegré mucho al recibir tu carta. Hacía tanto que no sabía de ti. Pero, según leía, noté que me embargaba una pena honda, de esas que te dejan vivir pero no te dejan nunca. Porque, hace años, te conocía y te quería, y ahora no te reconozco detrás de tus palabras.

Me muestras, orgulloso, como un niño enseñando un nuevo juguete, tu casa, tu familia, tu trabajo y hasta tu coche. Me cuentas que has madurado, que ya no eres ese chiquillo incauto que creía en cuentos de hadas y yo ya no sé quién eres.

Y casi veo cómo comenzó tu derrota. ¿Qué fue lo primero? La verdad, seguro. Asegurabas que siempre irías con la verdad por delante. Pero quizá, cuando te incorporaste al mundo, viste que con la verdad no ibas a ninguna parte, que lameculos y ladillas te pasaban por ambos lados de la calzada. Y así, un día, llegó una frase bien dicha, una recompensa ajustada, y empezaste a vender tu alma.

También entonces eras Hobbes, y creías en la bondad del hombre. Y un día, alguien cercano, te clavó un puñal. Y el estupor y la pena que te produjo colocaron una alambrada de espino alrededor de tu corazón y ya no dejaste que nadie entrara en él. Y el diablo, mientras, se frotaba las manos.

Pero, al menos, algo se agitaba dentro y se revolvía cuando veías a la injusticia pasar por delante de ti. Gritabas, y pataleabas, y denunciabas aquello que no podías concebir que sucediese. Pero un día te diste cuenta de que gritar es bien sencillo pero no soluciona nada. Y que para luchar de verdad contra la injusticia hay que empeñar trabajo, familia y, a veces, hasta la vida. Y te encogiste, y dejaste de gritar, y un poco más de tu alma se pudrió.

Pero aún seguías vivo, y al ver en la televisión o leer en la prensa algunas noticias, algo dentro de ti gritaba que habría que hacer algo. Pero al ver que el mundo, indiferente, no cambiaba, decidiste cambiar tú, y con la esperanza murió el poco alma que te quedaba.

Ahora vives contento y orgulloso. Has madurado por fin. Te has adaptado al mundo y nada te puede ya turbar. Pero, dime, ¿te provocan estas líneas mías algo que se agite en tu interior? ¿Te queda algo ahí dentro?

Por favor, necesito saberlo.

Un abrazo.

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