Buscar


Portada » Relatos » El deber de un Austria

5 de Abril de 2000

El deber de un Austria

Ganador del Premio Voces de Primavera 2000.

Quiera Dios que esta carta, confiada junta al resto de mis escritos a Simancas, sea hallada pronto y pueda servir para destruir los bulos con que el infame Guillermo de Orange alienta la rebelión de Flandes. Dado que sólo la palabra confiada al Rey me impidió revelar estos hechos en vida, ruego al Altísimo que mi muerte llegue pronto, y sirva para limpiar la honra de mi señor Felipe II.

Tuve sospechas de los planes de éste para con su hijo el Príncipe don Carlos en una conversación el día de Nuestro Señor diecisiete de enero de mil quinientos sesenta y ocho. Rogué verle para un asunto de la máxima urgencia.

- Me es difícil hablar, Su Majestad. Su hijo me ha hecho una propuesta de la que le debo hacer partícipe.

El rey me interrumpió al tenderme un papel mientras me miraba con ojos apenados. Estaba firmado por Diego de Acuña.

"He tenido a bien conocer que Su Alteza el Príncipe don Carlos ha recibido 150.000 ducados de manos, al parecer, de embajadores de los rebeldes flamencos. Esto sugiere una próxima fuga, con la empresa de quedar en esas tierras y dirigir desde allí su rebelión contra vos..."

- Nunca ha tenido mucha paciencia, ¿verdad? - me preguntó, impidiendome terminar de leer las noticias de Diego.
- Tuvo un accidente muy grave, mi Señor.
- Me gustaría poder pensar eso. Pero siempre ha tenido un demonio gobernando su mente, y el golpe sólo lo hizo más notable. ¿Cuál ha sido su propuesta?
- Quiere que le ayude en su empresa de viajar en secreto a Nápoles - le contesté, con gran turbación -. Parece pensar el llegar desde ahí a los Estados de Flandes.
- ¿Y qué le has contestado?
- Que lo pensaría y le contestaría en unos días, Señor. Esperaba poder hablar con vos antes de darle mi respuesta.

El rey miró pensativo tras los ventanales mientras pensaba en qué decirme.

- Deseo que vayas a ver al Príncipe, Juan - se decidió al fin -. Debes convencerle de que debe seguir esperando.
- Lo haré, si Vuestra Majestad así lo dispone.
- Tan sólo puedo rogarte; no es una misión que ataña a tu cargo, sino a tu parentesco y tu lealtad.
- No sé cómo escuchará al tío, si ignora al padre.
- No estoy seguro. Mas sólo sé que yo ya no puedo hablarle.

Era yo consciente entonces de la mala relación existente entre ambos. El Rey no confiaba en él como futuro sucesor. Bien se recordaban en la Corte las amenazas de muerte al duque de Alba, al serle confiada a este la misión que por derecho e interés debía de pertenecer al legítimo sucesor del Reino. Por derecho, que no por habilidad o inteligencia, de las que nunca se había hallado muy sobrado.

Acudí a la mañana siguiente, domingo, tras la Santa Misa, a los aposentos del Príncipe. No pude sino advertir, con profundo desagrado, el retrato del conde de Egmont que adornaba una de las paredes. Y fue en entrando en aquellas estancias que el príncipe mandó cerrar las puertas y me preguntó, preso de un gran nerviosismo, por lo que había pasado con su padre.

- Nada que creo sea de mucho interés. Su Majestad anda interesándose en aumentar la Flota del Sur para atacar al moro.
- No... no te creo, Juan.
- No tiene Vuestra Alteza por qué hacerlo. Mas yo no miento.
- Si lo.., lo haces. Le has hablado de mi propuesta.
- Como prefiera Vuestra Alteza.

No pude prever entonces lo que sucedería; desenvainó su espada y me amenazó con ella si no accedía a revelarle lo que había parlamentado con su padre. Me vi en el trance de desenvainar a mi vez, pues la puerta tras de mí se hallaba cerrada, pese a que la lamentable estampa de don Carlos no me causara grandes temores; inspiraba más bien pena verlo, con sus hombros desiguales, su incipiente giba, su pecho hundido y su enfermizo aspecto.

- ¡Téngase Vuestra Alteza! - grité entonces, con ánimo de que se me oyera fuera.

Tuve éxito en mi empresa y pronto acudieron a abrir las puertas de la estancia. Me retiré de inmediato, súbitamente apenado por la conducta de Carlos. Era mi sobrino, y sentía un gran afecto por él. Si mis sospechas sobre las intenciones de mi Señor con respecto al príncipe eran correctas, este suceso no haría sino acrecentarlas. No acudí, por tanto, a informar a Felipe, en la vana esperanza de que este suceso no llegara a sus oídos.

Lo que sucedió más tarde aquel día no lo contemplé yo; me lo relató su ayuda de cámara, hombre en el que tenía la mayor de las confianzas. Parece ser que el príncipe, sin duda abrumando por lo que acababa de acometer, sintióse repentinamente indispuesto y decidió acostarse. Levantóse a media tarde, y sintiendo hambre por no haber probado bocado desde el deayuno, mandó que le sirvieran un capón cocido, acostándose de nuevo tras tomarlo. No durmió, sin embargo, pues quedó conversando con dos nobles de su confianza. Eran las nueve y media de la noche.

Fue una hora más tarde cuando el Rey mandó llamar a parte del Consejo de Estado.

- Todos vosotros sois conscientes de los irresponsables actos del Príncipe. Debo haceros partícipe de que mi intención es cortar de raíz cualquier futuro intento de mi hijo de poner en peligro el Reino.

Fue entonces que se dieron cuenta de que, bajo su traje, el Rey ocultaba una cota de maya. Hizo una indicación a su ayuda de cámara, que le trajo espada y casco.

- ¿Querrán Vuesas Mercedes venir conmigo? - murmuró mientras se colocaba este último.

Bajaron entonces, acompañado el Rey el duque de Feria y el Prior, don Pedro Madrid y don Diego de Acuña, más una docena de guardias de Palacio. Todos iban armados, salvo dos criados que portaban martillos, maderos y clavos. Era una empresa no exenta de peligros, pues era bien sabido que el Príncipe disponía de varias armas, entre las cuales se encontraba un arcabuz siempre cargado, junto a su cama. Tanto el Rey como los caballeros que lo acompañaban sabían que la sorpresa sería crucial.

Su irrupción en las habitaciones del príncipe no fue advertida por éste con tiempo suficiente. Con gran habilidad, el duque se apoderó de su espada mientras don Diego tomaba el arcabuz. El príncipe intentó resistirse cuanto pudo, que debió ser poco, al menos hasta que cayó en la cuenta de que su padre estaba en la habitación.

- ¿Qué quiere Vuestra Majestad? - preguntó, alarmado.
- Sosegaos, que esto no se hace sino por vuestro propio bien - le contestó el Rey, mientras los criados comenzaban a tapiar las ventanas. Se dirigió entonces al duque de Feria -. A vos os encomiendo la misión de custodiar al Príncipe. No hagáis nada de lo que os mande sin que yo lo sepa primero. Y que todos - dijo, dirigiéndose a los presentes, caballeros y criados - lo guardéis con gran lealtad, so pena que os daré por traidores.
- ¡Máteme Vuestra Majestad y no me prenda, que será un gran escándalo para el Reino! - gritó el Príncipe, desesperado - ¡Y si no, yo mismo me mataré!
- No hagáis tal cosa - contestó su padre, en voz repentinamente suave -; es de locos.
- ¡No lo haré por loco, sino por desesperado, ya que Vuestra Majestad me trata tan mal!

El Rey se giró entonces para marcharse, no sin antes ordenar a los criados que desde entonces le sirvieran la comida partida, y que no le acompañara ni cuchillo ni tenedor.

De todo esto tuve yo noticias al día siguiente. La desgracia de mi sobrino me apenó enormemente, por lo que tuve a bien cubrirme de negro aquel día. Mas a media tarde se reunió el Consejo, y yo con ellos. Ante todos habló Felipe del asunto:

- Ya es sabido por la Corte que he tomado la resolución de recoger y encerrar la persona del Serenísimo, Príncipe don Carlos, mi hijo primogénito. El dolor y el sentimiento con que habré hecho esto, ustedes deberán juzgar, mas yo he querido hacer sacrificio a Dios de mi propia carne y sangre, y preferir su servicio y el bien universal a las otras consideraciones humanas - aquí el Rey hizo una pausa, y los ojos comenzaron a brillarle -. Las causas que me han constreñido a tomar esta resolución son tales y de tal calidad, que no las podría referir sin renovar el dolor y lástima que más que a su tiempo entenderán.

Palabras que, para mi asombro, no revelaban las causas que le llevaron a tal determinación y que fueron la raíz de los bulos y leyendas que pronto recorrerían media Europa.

Al terminar, el Rey me llamó aparte, y acudí a su despacho en donde escribía misivas con destino a Su Santidad el Papa Pío V, Maximiliano II, María y Catalina de Austria; explicando el suceso.

- Juan, ¿por qué vas de luto? - me preguntó, sin dejar de escribir.
- Por la desgracia de mi pariente, Señor.
- Carlos no ha muerto - me espetó -. ¿O acaso crees que he de pensar en darle muerte?
- No, mi Señor. Aún cuando haya podido pensar en traicionarle, no deja de ser su hijo.

Dejó de escribir y, tomando un papel, me lo entregó diciendo:

- Esta es una lista que le hemos hallado al Príncipe en sus aposentos. Como ves, se trata de una lista de aquellos a los que él considera amigos y enemigos. Destaca tu nombre en la primera; el mío en la segunda.

Asentí, indeciso.

- ¿Qué he de pensar, Juan? ¿De lado de quién estás? - me acusó sin rodeos.
- Le informé, mi Señor, de los planes de su hijo.
- No me contaste lo sucedido en sus aposentos.
- No deseaba que Su Majestad tomara la resolución que tomó.
- ¿Por qué? ¿Acaso no hice sino lo que todo Rey hubiera acometido?
- Sí, mas también realizó lo que ningún padre deseara hacer a su hijo.
- Yo no puedo ser padre, Juan - me confesó con cierta tristeza -. Debo ser antes Rey.

Pareció sumirse en sus pensamientos.

- Retírate.

Me encaminé hacia la puerta cuando volvió a dirigirse a mí.

- Y recuerda no volver a vestir luto. Yo no lloraré por él; no lo hagas tú.

Sé bien que los meses siguientes fueron terribles para don Juan. El Príncipe, al carecer de fuerzas para tomar la resolución que su bisuabuela Juana tomó en sus circunstancias, hizo lo contrario que ella. Pero su débil compostura no estaba hecha para los excesos en el comer, y sólo tardó unos meses en volver a enfermar.

Cuando su estado ya era preocupante, a comienzos de Julio, me hizo llamar. No pude sino sorprenderme, pues había rechazado todos mis intentos de verlo. No le hice esperar, por tanto, pese a que cada vez más graves asuntos me tenían ocupado.

Carlos estaba en la cama, con un aspecto lamentable. Tenía los ojos cerrados, o eso me pareció pues en cuanto aparecí advirtió mi presencia.

- ¡Juan! Juan...
- Dime, querido sobrino.
- Ya no soy más Vuestra Alteza, ¿verdad? - gimió con una triste media sonrisa en su rostro - No, supongo que no... Espera... Ya no me queda mucho y sólo en ti he de confiar. Sé que no quisiste traicionarme; no hubiera debido obligarte a elegir. Quiero que hagas algo por mí.
- Digame lo que desee, Carlos.
- Me gustaría aguantar hasta Santiago, tío Juan, pero eso no está en sus manos. Sin embargo, desearía una cosa que sólo tú.., sólo tú puedes darme.
- ¿Qué es?
- El perdón de mi padre.

Dicho esto, pareció agotarse de súbito, y durmió. Lo miré durante unos minutos, contento por su vuelta a la razón y triste por su lamentable estado. Cuanto debía de haber sufrido, pasando de legítimo heredero de la Corona a prisionero. Lo dejé, por tanto, y acudí a ver a Felipe.

No pude convencerlo. En aquel tiempo ya había comenzado el proceso contra su hijo, con intención de incapacitarlo de forma permanente. Estaba de acuerdo en que el Rey no debía de ir a ver a un traidor, y más en cuanto sus compañeros en la traición, los condes de Egmont y Horn, habían sido ejecutados por el duque de Alba. Pero consideraba que el padre merecía unas horas de licencia, cuando menos. Sabía que la Reina había lamentado la suerte de Carlos en más de una ocasión y así, ¿por qué no hacerlo él?

La salud del príncipe empeoraba día a día y los cuidados de los médicos no parecían sino empeorarlo. Mas el Rey no accedía a verlo, hasta que llegó la víspera de Santiago. Acudió entonces el Rey a los aposentos del príncipe, ya agonizante, acompañado de su Guardia. Luego supe que lo bendijo, mas detrás de sus hombres, sin enfrentarse nunca al rostro de su hijo.

Fui testigo del anuncio al Rey de la muerte de su hijo, ese mismo día, según caía la tarde. Su rostro no reflejó ninguna emoción. Acudí a verle a la mañana siguiente, sospechoso de su inexpresividad. Me miró y me dijo:

- Debes prometerme que jamás revelarás ninguna de las culpas de mi hijo mientras dure tu vida, Juan. Ya que no pude salvar su vida, deseo fervientemente poder salvar su honra.
- ¿Y su proceso?
- Todos los papeles del mismo han sido encerrados en un cofre que será llevado a Simancas, con órdenes expresas de no ser abierto jamás.

Finalmente el Rey dio paso al padre, y Carlos tuvo un entierro digno de un Rey, y todo el país vistió luto. Mas nada en Palacio volvió a ser igual, y la alegría migró de él para siempre.

Ahora que gobierno en Flandes, por orden del Rey, y noto que el final de mi vida se acerca, creo mi deber consignar todo esto por escrito. Tres eran los cabecillas de la revuelta hereje en estas tierras y dos fueron ejecutados. El tercero, Guillermo de Orange, ha hecho circular una historia que, por increíble, parece haber calado hondo para infamia de Su Majestad Felipe II.

Dice el de Orange que don Carlos y la Reina doña Isabel, su madrastra, se amaban apasionadamente, y que fueron los celos los que llevaron a Felipe a tomar la decisión que llevaría a su hijo al encierro y, finalmente, a la muerte. Consigue así en tener al Rey por la persona más cruel, justificando su rebelión. No quiera Dios que esta leyenda ennegrezca el glorioso reinado de Felipe, y menos aún la causa sea su deseo en no deshonrar a su hijo.

Es por ello que yo, don Juan de Austria, bastardo de Carlos I, hermano reconocido de y por Felipe II, escribo esto, el día de nuestro señor dieciocho de enero de mil quinientos setenta y ocho, en la ciudad de Namur, en los Estados de Flandes. Sé que conocí bien a Felipe en aquella época, y que la razón de Estado era entonces mayor que cualquier otra consideración. Y sé que no ha pasado ningún día desde entonces sin que lamentara su decisión. Sea ese su justo castigo.

© 1996-2018 Daniel Rodríguez Herrera - XHTML 1.1 - CSS2 - Alojado en 1&1 Ionos