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11 de Abril de 2000

Cosas del destino

Joaquín pretenecía a esa clase de personas cuyos dedos parecen haber sido adheridos al teclado; sin duda sólo podías despegarlo con una palanca y/o un martillo. Algunos opinaban que con desenchufar el ordenador bastaba, mas las discusiones entre adeptos y retractores de esta teoría habían llenado demasiados congresos de joaquinología como para poder tomarla como segura.

Sofi caminaba siempre erguida, como corresponde a quien está completamente seguro de sí mismo. No tenía más que una preocupación: asegurarse de que los múltiples admiradores que seguían rendidos su andar no se excedieran más de la cuenta. Ya se sabe lo que cansa eso.

Joaquín era un auténtico negado social. Fuentes bien informadas aseguraban que en un principio no había sido por desinterés, pero la escasa fortuna de sus primeros intentos de humanizarse le retrayeron por completo. Así ya sólo vivía para él y para su pasión. Entra dentro de lo posible que algo le sacara de sí mismo. Le gustaba la música, al menos.

Sofi regentaba una suerte de matriarcado callejero entre sus numerosos pretendientes. La seguían por todas partes como perritos falderos, aunque seguramente matarían si lograran entender a alguien llamándolos así. Podía elegir, aunque casi nunca lo hacía. Dios da pan a quien no tiene dientes.

Dicho esto, y a estas alturas de nuestra historia, parece necesario indicar que el destino tuvo que hacer un esfuerzo considerable para unir a estos dos seres. Pero a veces le da por ahí; es bien sabido que es algo caprichoso. En este caso, en cuanto se vieron, cayeron a los pies del otro. Así, instantáneo.

Claro que el destino podía haberse fijado en que él era un hombre y ella una gata. Aunque como dijo alguien, nada es perfecto.

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