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13 de Abril de 1998

El piano

Segundo finalista del Premio Voces de Primavera 1998.

Todas las tardes miraba la calle desde su ventana y observaba pasar la vida, sin tocarla ni dejar que le tocara. Le gustaba la sensación de estar robando a los paseantes esa intimidad que regala el anonimato de la multitud. Pegada a la ventana, y arropada por una aburrida cortina lisa de color claro, se podría haber visto su cabeza desde la calle, si alguna vez a alguien se le hubiera ocurrido mirarle.

Todas las tardes se vestía cuidadosamente, eligiendo concienzudamente corbata y chaqueta, camisa y pantalón, zapato y gabardina. Bajaba por las escaleras y, tras un breve gruñido de despedida a la portera, pisaba de nuevo el gris de su calle. Cada día elegía una estación de metro distinta, un autobús diferente. Cada día llegaba a un sitio nuevo, o conocido sólo a medias. Cada día paseaba como los desconocidos de su ventana, y elegía una calle que hacía suya unas horas. Y, con la calle, su bar.

Todas las calles tienen su bar, como tienen asfalto, coches y acera. Y es quizá ese bar el que le da personalidad y sentido. Por eso él acudía todos los días a esa calle nueva y distinta, y entraba en su alma, e intentaba hacerla suya. Pero ese día, en aquella calle alejada y desconocida, de asfalto agrietado y acera cascada, le sorprendió entrar en uno de esos bares de aspecto elegante e inglés, como si hubiera encontrado un viejo aristócrata durmiendo bajo un puente. Aquella incongruencia le hacía difícil su rutina, pero a pesar de ello se decidió a seguirla de nuevo.

Como todas las tardes se sentó en la barra de aquel bar, extrañamente vacío. Pidió una copa al camarero, que le sirvió con diligencia y premura. Degustó la bebida lentamente, como sorprendido de hallar un sabor nuevo, y miró a través de la ventana, examinando la calle una vez más. Fue entonces cuando la incongruencia le asaltó y le impidió seguir mirando. Tuvo entonces que dirigir su vista al interior, a aquella barra poblada de botellas y espejos, a aquellos ribetes dorados, al elegante reloj de péndulo. Entonces lo vio.

La elegante madera, blanca y negra, de un piano de cola, le trajo a la memoria su infancia, y unos breves brillos, azuzados por el alcohol, acudieron a sus ojos. Recordó las interminables clases en el conservatorio, abandonadas por hastío antes de la adolescencia. Recordó la insistencia terca de su madre, empeñada en que las continuara. Vio reflejado en sus teclas aquel primer amor que conquistó con notas precisas y románticas, y aquel primer beso con el que soñaba, junto al viejo piano de su casa.

Unas copas más tarde, y mucho antes de que el elegante reloj de péndulo marcase la hora en que regresaba todas las tardes, la tentación fue más fuerte que él y se levantó de la barra. Miró el piano con reverencia, como quien mira el David de Miguel Angel o Las Meninas de Velázquez, y recorrió ese lado curvo, como de guitarra, antes de sentarse. Sus manos acariciaron el teclado, y su suavidad y su fuerza parecieron despertar viejos anhelos en su interior. Estando más sobrio, quizá se hubiese extrañado de que el camarero no le impidiese ese acercamiento casi religioso. Pero no lo hizo, y la calle siguió sin ser suya.

Las manos recorrieron las teclas y se posaron en ellas. La técnica volvió a él, como si los años no hubiesen pasado y estuviese de nuevo en el conservatorio. La mano izquierda comenzó a recorrer acordes y la derecha dibujó viejas melodías, escritas seguramente por algún compositor de nombre impronunciable, muerto siglos atrás. Comenzó una pieza, y otra, y otra, y las encadenó sin pensar ni parar, sin fijarse en qué estaba sonando.

No pensaba ya más en aquella calle, iluminada ya por la luna. No pensaba siquiera en el bar, ni en la copa que le esperaba, tibia ya, en la barra. Sólo era consciente del piano, y de sus manos recorriendo el teclado, poseídos por una fuerza que creía perdida.

Cuando despertó de su letargo, se sorprendió de nuevo al ver el ahora abarrotado bar en silencio, mirándole. Le sorprendió, sobre todo, que aquella mirada pareciera respetuosa. Se levantó y se acercó a la barra con intención de apurar su copa. Estaba llena, de líquido y de hielo. El camarero musitó unas palabras, dispuesto al parecer a pagarle por actuar de vez en cuando. Pero él sabía que no podía cobrar por eso.

Miró a su alrededor y sonrió. El piano parecía despedirse de él. Y, por primera vez en más tiempo del que podía recordar, no se sintió solo. Y supo que volvería al día siguiente, y al otro, porque al fin tenía su calle.

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