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24 de Abril de 2002

Explotación y globalización

"No me preocupa la desigualdad porque no soy envidioso. Me preocupa la pobreza."
Pedro Schwartz

Se habla mucho del movimiento antiglobalización, que en los medios de masas parece convertirse en una nueva revolución en favor de la pobreza. Desafortunadamente, me temo que sus miembros están tan a favor de los pobres que los quieren a millones en todo el mundo. Porque la globalización (que entenderemos de ahora en adelante como el proceso económico que elimina fronteras al comercio y el capital) es la mejor oportunidad del mundo subdesarrollado para abandonar su estado actual.

Esta lucha contra la globalización, que no es sino una nueva forma de lucha en contra del liberalismo económico (o capitalismo), parece haber centrado sus quejas en que "la globalización ha aumentando dramáticamente la desigualdad entre las naciones y dentro de ellas" ("Labor's New Internationalism," enero/febrero 2000). Esto es, por decirlo suavemente, falso. Tanto en datos como en teoría económica. Vamos a estudiar ambas cosas.

El transfondo teórico de estas tesis es, no lo olvidemos, la teoría marxista de la explotación. Este siniestro (nunca mejor dicho) personaje pensó que en el capitalismo los empresarios obtenían capital mediante la explotación de los obreros y que, en consecuencia, los ricos cada vez serían más ricos y los pobres más pobres. Como en la realidad lo que sucedió fue la rápida expansión de la clase media y no esa fantasía, para mantener la teoría en pie los marxistas trasladaron la explotación llevándola al ámbito internacional. Hay países ricos porque hay países pobres a los que explotan. Me pregunto si hoy en día tenemos ordenadores en España porque se los robamos a un ignoto país africano en el que los mismos crecían en las ramas de los árboles.

Según esta teoría, por tanto, la globalización económica permitiría facilitar ese proceso de explotación al Tercer Mundo. Esto es una contradicción con ese "traslado ideológico" marxista. Suponiendo que la teoría fuera cierta, el incluir a los países pobres en nuestro propio mercado, ¿no marcaría el advenimiento de una "clase media" mundial, como sucedió en el interior de cada uno de los países capitalistas? Pero claro, eso dejaría al marxista sin sujeto explotado, en una posición harto incómoda. Lo que la teoría económica sabe es que la formación de capital tiene bien poco que ver con la supuesta explotación sino con el ahorro y la inversión de los ciudadanos.

Pero es que, además, está en contra de los datos. Considerando que la globalización empezó (muy despacito, eso sí) allá por los años ochenta podemos estudiar dos tipos de desigualdades: la que se da entre países y la que se produce en el interior de cada país. En el primer caso, si queremos hacer un estudio serio, debemos separar los países pobres en dos grupos: aquellos que se "globalizan" (es decir, aumentan su comercio exterior) y los que no lo hacen y mantienen o disminuyen ese comercio. Pues bien, mientras los globalizados han crecido entre un 4 y un 5 por ciento anual en estas últimas dos décadas (más que nosotros), los cerrados se han limitado a un crecimiento del 1%. Es cierto que aumenta la desigualdad, pero sólo la de aquellos que reniegan del comercio internacional.

En cuanto a la desigualdad local, las cifras no son tan claras. Hay países en que ha aumentado y países en que ha disminuido, sin que el estatus de "país globalizado" haya tenido mucho que ver en ninguno de los dos casos. Esto es debido a que esa desigualdad tiene más que ver con políticas internas como, sobre todo, la impositiva. Sin embargo, y siguiendo la lógica de la cita que encabeza este artículo, lo cierto es que aún conservando esa desigualdad los pobres que disfrutan de la globalización son menos pobres que antaño.

La mejor manera de ayudar al Tercer Mundo no es sufragar a sus gobiernos mediante el FMI, sino reducir las barreras que nosotros mismos ponemos a sus productos. No hay comercio más justo que aquel que se realiza sin trabas ni imposiciones gubernamentales. Una forma especialmente nauseabunda de estos comportamientos es el proteccionismo agrario, simbolizado por el destruye-McDonalds francés José Bové, que no parece sino una forma de protegerse en el sector primario de la competencia de los países pobres. Consiste en subvencionar los productos agrarios propios e imponer aranceles a los extranjeros. Como resultado, los países pobres no pueden competir con los productores locales, pagamos todos alimentos más caros tanto en el supermercado como en el impuesto sobre la renta y mantenemos en la indigencia al Tercer Mundo. Qué se le va a hacer, al fin y al cabo son negros; que se jodan y se mueran de hambre.

No me cabe duda de que entre los activistas antiglobalización hay gente de buena voluntad que de verdad quiere luchar contra la pobreza en el Tercer Mundo. Desafortunadamente, el infierno está empedrado de buenas intenciones. Los cien millones de muertos (casi todos en hambrunas) de otra utopía "en defensa de los pobres", la comunista, están ahí para recordárnoslo. No olvidemos jamás esa lección.

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