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1 de Abril de 1999

Fundido en negro

Escrito para Otros Virus, que en aquella época hacía números temáticos. En este número debíamos homenajear al cine negro.

- Puede guardar esa pistola, detective. Matarme no le servirá de nada.
- Tampoco lo pretendo - contestó éste esbozando una media sonrisa -. Basta con que me diga lo que deseo saber.

El hombre poderoso se levantó del sillón en que se encontraba y caminó hacia el bar bajo el atento escrutinio del Colt. Vestía un batín por encima de un horrible pijama a rayas. Este hecho, sin embargo, no parecía hacerle perder la compostura.

- ¿Quiere tormar algo?
- No, gracias.
- ¿Un whisky, quizá?
- No, gracias.
- Yo, en cambio, me tomaré uno - dijo el poderoso mientras destapaba un hermoso jarro de cristal y llenaba un vaso -. Creo que tenemos un problema aquí.
- Yo, en cambio, pienso que sólo lo tiene usted.
- No esté tan seguro. Yo no le traeré muerto más que demasiadas explicaciones que dar. Sin embargo, creo que tendrá que matarme, pues no puedo hablar cosas que desconozco por completo.

El detective se sentó y miró con curiosidad al hombre rico.

- ¿De verdad piensa que voy a creer eso?
- Ciertamente, no. Pero eso es algo que no importa demasiado. El que yo no quiera o no pueda proporcionarle la información que necesita no supone una gran diferencia.
- ¿Qué alternativas cree que tengo, entonces?
- Es difícil de decir, y creo que además le corresponde a usted decidir.

El detective pareció pensarlo y bajó su arma.

- ¿Seguro que no quiere una copa? - preguntó el hombre rico tendiéndole la suya.

El detective le miró y disparó la pistola. El hombre rico cayó al suelo con una mueca de dolor, agarrándose la pierna herida.

- Es una pena derramar así el whisky - dijo el detective, mirando la copa abandonada en el suelo -, debería tener más cuidado.
- ¿Qué cree que ha conseguido con esto, estúpido? - gritó el hombre derrumbado - ¡Sabe que puedo destruirle con sólo dar una orden!
- Oírle hablar así, como sé que es usted en realidad - contestó el detective -. Eso espero. Ahora está en condiciones de decirme lo que sabe.
- ¿Y por qué piensa que voy a hacerlo?
- Porque esa herida tiene muy mala pinta. Y yo no soy médico, así que no soy la persona que necesita ver ahora mismo en este despacho. Sería una lástima que encontrase otra bala mientras busca el teléfono.

El hombre pareció pensarlo y dijo lo que debía decir. Cuando el detective hacía ademán de irse, volvió a dirigirse a él con furia.

- ¿Sabe que está muerto?

El detective lo miró en el suelo, hecho un guiñapo y murmuró:

- Lo sé.

Se dio la vuelta y se puso un cigarrillo en la boca. Rascó una cerilla contra el marco de la puerta y lo encendió. Tras una bocanada, salió del despacho.

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