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1 de Diciembre de 1998

Recuerdos de Don Tomás

Escrito para Otros Virus, que en aquella época hacía números temáticos. En este caso debíamos escribir basados en los modos de otros escritores, ligeramente más conocidos que nosotros.

Miguel Delibes (1920) se dio a conocer ganando en 1947 el premio Nadal con su novela La sombra del ciprés es alargada. Es uno de los mejores escritores del siglo XX en lengua castellana, destacando sobre todo sus novelas de la Castilla rural, como Los santos inocentes o El camino. Un poco fuera de esta temática, publicó en 1966 Cinco horas con Mario, el monólogo de una mujer que, recién fallecido su marido, recuerda los dimes y diretes de su matrimonio. A través del mismo conseguiremos conocerlos a ambos, y obtener una visión clara de la vida urbana de la época. Es ese estilo de diálogo no correspondido en el que se basa el siguiente relato.

Si, señora, yo soy el médico de su pueblo. De su antiguo pueblo, vaya. ¿Lo recuerda usted? Claro que sí, si nació usted allí. Pues como le decía, yo soy el médico de su pueblo. En realidad lo soy de unos cuantos más, ya sabe usted que por allí vamos quedando cada vez menos.

Supongo que tendrá curiosidad de saber a qué he venido. Pues he venido a verla por el señor Tomás. ¿Que quién es? Es uno de su pueblo, que murió hace unos meses, el pobre. Quizá usted no lo recuerde así; según creo, cuando usted todavía vivía allí creo que le decían el Tomasín. Ese sí, ¿no? ¿Se acuerda usted de él? Un muchachote grandote y algo torpón, dice usted.

Pues con los años, encima, se volvió gruñón. Así le conocí yo. Estaba ya jubilado, y siempre que venía a verme parecía que fuese como por obligación. Pero era un buen paciente. No se solía quejar y no era de esos que dicen que ya se morirán cuando diga Dios y que yo no tengo nada que ver. A él tan sólo parecía que no le importara mucho el asunto.

Solía pasar tiempo en la tasca, como todos, y en la plaza viendo pasar la vida. Cuando murió pregunté por él y me dijeron que había tenido una vida normal, aunque con sus rarezas. Nunca se casó, por ejemplo, y no porque no le gustaran las mujeres. Simplemente no pareció interesarle ninguna en especial. Tenía también esa manía por los libros. Es raro, ¿sabe? En esos pueblos, casi todos tienen ya su edad, y la mayoría con saber leer y escribir se bastan. Pero a él al parecer le gustaba, y de vez en cuando se iba a la ciudad a comprar libros.

Pero de todos modos, cuando murió, los del pueblo me pidieron que fuera a ver. Que yo sabía más y que quizá entendiese algo. No sabían si había dejado testamento y tenía en su casa muchos papeles y no sabían muy bien dónde buscar. La verdad es que cuando llegué me quedé un poco asombrado. No es normal ver semejantes bibliotecas por allá, ¿sabe? Y cierto es que no era fácil encontrar nada. O al menos, nada concerniente a su testamento, que imagino que en realidad no hizo nunca.

Pero encontré otras cosas que... Tranquila, señora, enseguida termino y sabrá usted que tiene que ver con todo esto. Pues como le iba diciendo, encontré muchos papeles, y desde entonces no he podido hacer otra cosa en mis ratos que leer. Porque resultó que el señor Tomás escribía, ¿sabe? Y escribía muy bien. Pocas veces he encontrado yo poesía tan hermosa, ni relatos mejor construidos. El problema es que tampoco tenía muchos temas. La mayoría giraban alrededor de una tal Matilde.

Sí, señora, claro que es usted, ¿quién si no? He tardado algo en encontrarla, pero creo que el señor Tomás se merecía ese tiempo. Aquí tiene. Esto es todo lo que he encontrado hasta ahora sobre usted. Es posible que haya más, pero ahora que sé dónde vive y que conoce la historia se lo podré mandar por correo. Pienso que al señor Tomás le hubiese gustado que lo guardara usted. O quizá no. Quémelo si quiere, o hágalo publicar, o lo que sea.

¿Que nunca pensó nada de Tomasín? A veces pasa. Quizá él prefirió agonizar con su pueblo a interesarse por el mundo como usted. Ya sé que no todos los días tiene usted noticias así. ¿Que qué haría yo? No sé. Supongo que publicarlo. Me haría gracia ver a esos sesudos críticos de la ciudad preguntándose cómo pudo ocultarse el señor Tomás tanto tiempo. Así verán que los de pueblo aún servimos para algo, digo yo.

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